jueves, 21 de junio de 2018

LA NOCHE DE LAS VOCES

Tuve que irme a la cama para no flojear. Si no lo digo reviento. La noche que me besaste no había luna, ni bares abiertos por las calles. Tampoco agua fresca, porque habías olvidado rellenar aquella botella sin tapón. Solo se escuchaba un eco de ladridos y esa ronquera del enterrador que vivía dos casas más arriba. Era sábado, el primero que no tocó limpiar cristales ni airear las alfombras. Tus padres andaban de viaje por la Manchuria y el pájaro dormía en su jaula bajo un trapo de cocina, ese que descolgaba hilachos de penumbra sobre sus sueños diminutos. Nadie pudo vernos. Fue un beso con sabor a nata y barquillo, el de esa galleta que guardaste con disimulo justo cuando me acerqué. Un visto y no visto al pie de aquellos posos de café que mullían la superficie baldía de los tiestos. Apenas un achuchón en ese santiamén de soñera calmosa que husmeaba por las contraventanas de la noche. Tu pantalón de peto, el de los imperdibles tuertos, ese retintín de los ladridos y aquella tiritona de la ronquera fronteriza. El arrumaco torpe. Tu delgadez extrema y extremada contra mis manos, frente a la baranda del balcón. Tus canillas escasas. La flacura de tu respiración. Aquella entidad delgaducha de tus ganglios. Todas y cada una de tus angosturas precarias. Las cáscaras de alpiste bajo unas suelas tímidas y aquellos pasos cortos para tantear la pequeñez de tus dientes. El aroma de pájaro discreto y aquella humedad licuada de tus labios, la del momento. La palidez serena de tu envoltura. La piel del instante y por dentro de ese pelaje tu sabor a regaliz. Todo sucedió junto al cesto de la ropa sucia, en aquella pared contra la que hacías siempre el pino voltereta. Alargaste tu altura tensando la punta de los dedos, como cuando pretendías alcanzar los granos azules del detergente trepando hasta el estante alto. Una vez el vaso de plástico resbaló entre tus dientes y lo pusiste todo perdido de oxígeno activo. De puntillas entre aquellas macetas, esas que tu padre decoraba con pechinas desiguales, descubriste el escondrijo clandestino de la noche. Luego nos quedamos viendo una película subtitulada, una de pulpos y acantilados oscuros. Pasamos varias horas sin hablar, reclinados sobre la mudez acolchada del sofá. Mordisqueabas las marcas que deja el gusanillo en el papel de las libretas, como si tuvieras que entretener con cualquier juego la tormenta del paladar. La casa se llenó de silencios cómplices, como el de ese pájaro callado bajo el trapo de rizo. Hubo una glaciación y la madrugada no fue otra cosa que un golpeteo de voces de madera, de palabras de serrín y de frases pálidas como las virutas de cedro. Cuando te dormiste salí a la calle. Caminé tras el sonido fugitivo de mis pasos y creo que en algún momento por delante de ellos. Las esquinas de la noche estaban hechas de azufre empapado de orín de perro. Sobre el asfalto se mustiaban los racimos de uva pintados por las fiestas de agosto y aquellas cabezas de salmonete que los gatos robaban de los cubos de basura, esos que colgaban sin tapa de las puertas. En algún instante un miau marramiau brincaba desde cualquier ventanuco y echaba a correr bajo los coches. Cómo olvidar ese beso entre fregonas, junto al verdín de aquel bebedero alambrado a la jaula. La bolsa de patatas colgada de la llave de paso del agua, el saquito de pinzas de tender, esa cinta americana que sellaba la salida de humos del calentador y, quizás algo más arriba, la noche. Esa de bares cerrados y cielos con tragaderas de lobo y lunas ausentes. Por eso tuve que meterme en la cama sin hacerte más preguntas, ni tentar al desempate del flaqueo.

                                           FIN

martes, 15 de mayo de 2018

DOS FINALES, UN SUEÑO.

Un fragmento de mi próxima novela ha sido seleccionado, entre un total superior a los dos mil textos, entre los diez finalistas que compiten por el premio Rendibú convocado por el periódico La Verdad, de Murcia.
A su vez, mi poemario breve Astronautas en blanco y negro se encuentra entre los diez finalistas del Certamen internacional de poesía Aseapo, que se otorgará a finales de mayo.